En la provincia de Buenos Aires hay aproximadamente 500 mil chicos que no estudian ni trabajan, según datos que brinda el Ministerio de Desarrollo Humano de Buenos Aires. Esto equivale al total de la población del partido de Gral. San Martín, o bien casi el doble de la población entera de la Provincia de San Luis.
Al no trabajar, estos chicos no hacen aportes a la seguridad social. Tampoco generan riqueza. Al no estudiar, es probable que tampoco puedan hacerlo algún día. Estos jóvenes tienen entre 14 y 20 años.
Como sus pares que estudian y trabajan, ellos también tienen sentimientos, emociones, temores, ganas de divertirse y necesidades de acceder a bienes. ¿Porqué no estudian? Aulas superpobladas, son niños carentes de temprana estimulación sumado a mala alimentación, tendencia a la dispersión, ausentismo, frecuentes paros docentes, entre otros motivos. Mayoritariamente desisten al final de la escuela primaria y se sienten incapacitados para estudiar.
¿Porqué no trabajan? Son hijos de Padres que fueron victima del cambio laboral de los noventa que genero una cultura del trabajo inestable. No ven al trabajo como lo imagina el resto de la sociedad, lo observan como una de las tantas formas de provisión de bienes. Carecen de calificación y por ello no saben que tipo de trabajo puede aceptarlos.
¿Qué propuestas hay para ellos en las plataformas programática de los partidos políticos? Pocas o ninguna. Cuando se los menciona, se piensa en ellos siempre como un problema. No son el sujeto transformador de un relato político
A fines del siglo XIX en la Argentina se desarrollo una política Universal para niño/ as y jóvenes sin precedente, fue la ley 1420 de educación libre y gratuita. Esta ley sin distinción de clase, permitía acceder a la educación, la educación al conocimiento y el conocimiento a un mejora de su posición social.
La escuela pública permitía el contacto de niños de todos los sectores sociales, facilitaba un entramado de relaciones de diversas culturas que enriquecía y la noción del esfuerzo era parte de la enseñanza.
Tiempo después vinieron lo que se conocía como leyes complementarias para aquellos niños con problemas de adaptación o conducta. Se la conoce como la Ley de Patronato. Si bien su sentido era un poco más complejo, se trataba desde una visión generosa de reparar a los llamados niños problema que no encuadraban en la escuela y eran la excepción del sistema. De alguna forma esta era la propuesta del Estado como política integral para los niños y jóvenes.
Un siglo después, con modificaciones varias ambas leyes siguen vigentes, pero el cuadro social ya no es el mismo. Las sociedades se han complejizado.
La escuela hoy no garantiza conocimiento y el conocimiento no asegura ascenso social. Por otro lado, los denominados chicos problemas ya no son una excepción. ¿Qué queda entonces? ¿Qué se puede hacer?
Es preciso ya conformar un revolución educativa más acorde a estos tiempos.
Hoy las clases medias y las clases altas llevan sus hijos a escuelas privadas y los pobres siguen siendo los beneficiarios de la ley 1420, pero eso no les asegura salir de la pobreza.
Sobretodo es preciso conformar un relato político para los jóvenes que los haga sentirse parte de la larga espera hacia el bienestar.
Un relato político que les devuelva las ganas de estar vivos, que les devuelva las ganas de valorar sus vidas y con ello, la de los demás.
La integración solo puede darse desde el trabajo genuino. No hay mucho que inventar. Sin planes asistenciales de miseria. Trabajo bien pago que permita sentir que ese esfuerzo vale la pena.
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