Construir sin tirar abajo

  No quiero discutir en absoluto las ansias de progreso. No pretendo ignorar las buenas intenciones de los jóvenes. Pero… en medio de una polémica apenas iniciada, quisiera hablar en nombre de los viejos.

  En realidad, no sólo en nombre de los viejos, sino en nombre de un pasado casi reciente que se preocupó por dejarnos una herencia que considero irrenunciable.

  Porque todos, los antiguos vecinos, los jóvenes y hasta los niños, hemos disfrutado de aquello que nos dejaron quienes construyeron parte de este Saladillo que, si tiene algo de lindo, es, precisamente, lo que recibimos como legado gratuito y acaso inmerecido. No lo que nosotros hicimos, que fue realmente muy poco y, a veces, muy feo.

  Y digo que fue un legado inmerecido, porque, con una soberbia enorme, con una jactancia rayana en la estupidez y, por cierto, con la impunidad que da un poder que se tiene  circunstancialmente, alguien se apresta a tirar abajo lo que otros hicieron.

  No importa que sea poco lo que intenta tirarse abajo. Lo que importa es que se trata de sacar del medio lo que se hizo para todas las generaciones venideras en los albores de un siglo que ya ha concluido.

  Y uno se pregunta, ¿No se ha pensado que no se puede renunciar a lo que es patrimonio de todos, para lanzarse a una aventura  que, por allí, deja un vacío que nunca podrá ser  compensado, sobre todo en estos tiempos inciertos que vive una humanidad en crisis?

  Hay kilómetros y kilómetros de terreno que fueron antes ocupados por vías férreas que sirvieron para encauzar la economía de un partido que siempre fue pobre. Y esos kilómetros están libres. Antes de llegar a lo ya construido.

  Mientras que, en lo construido  hay una hermosa estación y su entorno, erigidos por la generosidad de gentes que vivían tal vez  en medio de la inhóspita llanura, sin muchas comodidades y sin otro compromiso que el de ser solidarios con un futuro apenas avizorado.

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  ¿Qué rara ambición lleva a querer destrozar lo que otros hicieron, así sean pequeñas cosas  que se minimizan para esconder  algún intento extraño?

  Se dice que, económicamente puede reportar grandes beneficios. ¿A quién y en qué medida? No lo sé. Pero, ya lo dije, no intento cuestionar nada de eso.

  No obstante, repito: Si hay cosas que hacer que signifiquen progreso, háganlas donde deban. Ubiquen todo miles de metros antes. Procuren que lo que hagan sea armonioso. Pero no destrocen la memoria. Porque la memoria ha sobrevivido a tiempos extremadamente duros y también ha sido testigo de épocas muy pródigas.

  Cualquier construcción que se haga no tendrá el señorío, la solidez o la calidad que vienen de una época  en que no se escatimaron materiales. No tendrá el perfil señero que tiene un edificio que fue levantado siguiendo el estilo  de un momento en que el hombre se hacía eco  de economías mejores, como si sólo existiera el deber de consolidar la imagen de su tiempo, para que todos disfrutaran sus hallazgos.

  Por favor, reconsideren cuanto han proyectado hacer. Para que el presente no  los condene. Y para que el futuro  alabe  la suerte de haber contado con ustedes en este tiempo tan aciago  y tan lleno de interrogantes.

                              Ethel Mariotto de Mirassou