Criar gallinas a campo, un trabajo que se pierde

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El viento, el paisaje, los sonidos pasan a ser maravillosos porque nos recuerdan a otros. Y así, podemos añorar, comparar, reir y llorar recordando aquello que nos ha hecho feliz, y olvidar la miseria humana, lo cotidiano, lo que nos rebela y ofusca impidiéndonos crecer.

El pensamiento se va a  esos lugares donde se fue feliz, como esas tardecitas en el campo, cuando todos los animales se van a dormir y las sombras se empiezan a alargar…Yo recuerdo el ruido del viento en el monte y el cacareo de las gallinas, los patos, los gansos graznar a lo lejos, los llamados de los pavos… ¡Qué cantidad de aves había antes en las chacras!

Al atardecer, los montes comenzaban a blanquear con las gallinas que se iban a dormir; los árboles se vestían de gallinas. En cuanto empieza a bajar el sol, y con el buche lleno, empiezan a trepar los árboles de los montes que parecen llenarse de flores blancas. Lo más alto que pueden, una al lado de la otra con la cabeza escondida entre las plumas las gallinas se preparan para dormir. A la mañana, temprano, como lo hacen las gallinas, de rama en rama empiezan a bajar; algunas hasta pueden hacer un vuelo corto con un aleteo ruidoso. Y se empiezan a “blanquear” las chacras…

La gallina que se criaba más era precisamente la gallina blanca, gallinas Leghorn, una raza campera, gallinita que les gusta las grandes extensiones para corretear, escarbar e incluso volar hasta los árboles donde duermen a la intemperie. Como diría un amigo: “Las gallinas “lego” comen poco y ponen muchos huevos, no son como las batarazas haraganas que comen, duermen y no largan nada”. Si bien las gallinas en el campo “pastorean” hay que darles alimento todos los días. Para eso, en la Colonia, se desgranaba el maíz con una máquina a manija que tenían los colonos, y después el maíz se pasaba por otra herramienta, la moledora. Y si había troja, “se servían” nomás. Andan por todos lados, les gusta el rastrojo yendo de un lado a otro como distraídas, como “comiendo pastito”

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Animal muy amigable hasta casi parece que entienden lo que se les dice. Recuerdo que papá las convocaba con chistidos y al ruido del tarro de maíz, corrían persiguiéndolo por el camino de semillas que dejaba en el suelo. Les gusta mucho el verdeo, “pastear”, escarbar buscando bichitos. Hay un dicho que dice: “Y ahí se vino el hombre, despacio, pasteando como gallina”. Ellas aprenden los horarios de la comida, se van acercando a las casas entre conversaciones imposibles de descifrar. Las gallinas criadas a campo ponen huevos en casi todos lados. En una lata, en una horcada de algún árbol, en un cajón disimulado, en una mata de paja, debajo de las herramientas viejas, entre medio de los discos de arado o los tambores de combustible. Cualquier pocito o lugar semi escondido es ideal para las gallinas.

Lo lindo es la incubación: primero se seleccionan los huevos, se arma un buen nido marcando​ los huevos con lápiz al agua para poder identificar si otra gallina pone su huevo en el día. Cuando la gallina “se echa” hay que controlar los piojillos y estar atentos cuando empiezan a nacer los pollitos porque muchas veces hay que ayudarlos a salir de la cáscara. La gallina es una madraza: da gusto verla caminar con todos sus hijos,  ver cómo los protege del frío, del viento y la lluvia.

No siempre ponen huevos y éso es un gran problema. Hay veces que en el campo todos tienen huevos y los precios bajan… A veces, las gallinas no “quieren” poner más, no son como los criaderos con puestas constantes. Y ahí sí, hay que empezar a rezar…

A la tardecita, toda la familia salía con unos tarritos con manija de alambre a juntar huevos por el monte, sensación indescriptible de curiosidad, silencio, viento y árboles. Los huevos que no se consumían en las casi siempre familias numerosas se vendían en el pueblo al igual que las gallinas que, encerradas en pichoneras eran enviadas en tren a Buenos Aires. Entre los acopiadores de los años 60, los colonos de San Salvador del Valle recuerdan a Clemente Martín, que recorría las chacras comprando huevos y aves en un camioncito que se llamaba “El revoltoso”.

Con huevos se hacía de todo: fideos, tortas, tortillas, ensaladas, panqueques, tortas fritas, bizcochuelos, milanesas… En el campo, nunca debían faltar huevos, leche, harina y carne. Huevos con yemas color huevo, ese color entre amarillo y naranja tan saludable.

¡Qué cantidad de aves había antes en las chacras! Las mujeres se encargaban generalmente de ellas y podían tener más de mil gallinas tal como cuenta Norma Gómez. No era sólo lo bonito… había que mantener limpios y barridos los gallineros y no dejar que faltara el agua. Además, se criaban cientos de patos, gansos y pavos…Algunos para consumo de la familia: Queuvina Zappacosta recuerda que la Sra. de Domingo Sivero, Doña María, criaba gansos que faenaba, los ponía en un balde grande, los fritaba y los hacía ella misma en escabeche para todo el invierno.

¡Si pudieran sentir los chicos ahora el ruido del viento en los árboles mientras se camina buscando huevos con la lata de manija de alambre! ¡Hay que vivir en el campo para saber lo que siente! Corretear entre las gallinas que blanqueaban las chacras, a pasto, a campo, con amarillos huevos de tiempos pasados.

Tiene razón el zorro de El Principito: nada es perfecto y no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor, pero hay ciertas cosas que son importantes por el tiempo, la dedicación y el esfuerzo que se ha puesto en ellas. Trabajos de antes y de ahora: el respeto a las cosas que nos identifican y  muestran lo que es verdaderamente esencial en el desarrollo de los pueblos.

 

Foto: María Amelia “Maruca” Tortelli de Córdoba, en el campo “Los Nueve Hermanos” de la Colonia “San Salvador del Valle”. Atrás, de a caballo, su hija Élida Aurelia Córdoba. 1965 aproximadamente.

Agradezco a todos los Colonos por enriquecer mis notas con sus comentarios y en especial a Ana María Quincoces, Fernando Lafuente, María Marta Sivero, Silvia Martín y Norma Gómez.

Foto gentileza: María Córdoba de Anido.

Por Liz Solé