Pinchazos, ilusión y lucha durante el tratamiento de fertilidad asistida: el desafío de ser una «mamá probeta»

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Nunca me había sentido tan vieja. Salgo del consultorio de mi ginecóloga con 5 papelitos con estudios para hacerme y casi 40 años. Entré con unos jóvenes 38 años y salí convertida en la señora de las cuatro décadas.

¿Cómo fue que envejecí en una consulta? Sencillo, mientras mi ginecóloga hurga en mi interior para PAP y colpo yo le cuento que con Javier, después de 4 años de vivir juntos, empezamos a buscar. Así que cuando asienta en mi ficha los datos de la colposcopía, me recuerda que este año me toca mamografía y con la vista aún en sus anotaciones, me pregunta cuánto hace que empezamos a buscar. «Junio», respondo, ya con la bombacha puesta. Entonces todo cambia en el consultorio. Ella levanta la mirada, se acomoda los anteojos, masculla un «siete meses», hace un silencio un poco eterno, y me sorprende con un «¿y por qué nada?».

Entonces yo tiro las respuestas que me digo cada vez que «me viene» en los últimos meses: tuve un año súper complicado, desde junio a noviembre laburé 13 horas por día, a veces los fines de semana también, y después me quedé sin trabajo, y tampoco es que todos los meses intentamos en serio, además yo me fui a Brasil con mi vieja y mi hermana, y él se fue a Madrid a visitar a su familia. ¡Vamos! Que casi no tuvimos sexo. Esto último lo pienso, no lo digo. A ella le propongo un mucho más manejable: «muy en serio no buscamos, me parece».

Pero la mirada no cambia, parece que no importan mucho mis atenuantes. Vuelve a bajar la vista y sigue anotando en sus papelitos, sigue despegando del talonario sus recetas llenas de jeroglíficos médicos y dice: «Vamos a hacerte análisis de sangre un poco más completo, para ver las hormonas, por las dudas, y te voy a pasar el contacto de una médica especialista en fertilidad».

Susto.

Y se me debe haber notado, porque ella busca mis ojos y me dice: está todo bien, es sólo una consulta, ella es ginecóloga como yo, pero se especializa más en fertilidad, por si a mí se me está pasando algo. «Mirá, hasta después de un año, un año y medio, no suelen hacerse otras consultas, seguro es cuestión de tiempo, pero vos tenés 38 años», me dice.

Y ése fue el momento.

En que…

Envejecí.

Fui al control, como todos los años, y salí con un miedo que no había sentido jamás: ¿y si no es tan fácil? ¿Y si ahora que se me dio por ser madre ya se me pasó la hora? Mientras espero que el semáforo cambie, con el tic-tac del reloj biológico martillándome el cerebro, repaso todo lo que tengo que hacer con esos papelitos en los próximos días y me pongo a llorar. Es la primera vez que lloro porque tengo miedo de no quedar embarazada. No la vi venir. Amateur.

Así empezamos, con Javier, nuestro recorrido del sinuoso camino de la fertilidad asistida, en el que los coitos son programados, las masturbaciones son para llenar frasquitos y la vida entera de la pareja se organiza en función de los estudios, los pinchazos, los óvulos de progesterona y el grosor del endometrio. Bienvenidos al maravilloso mundo de Mamá Probeta, donde parece más fácil que la cigüeña venga de París con un bebito de esos rosados que muestran en la tele a que lo fabrique mi -ahora de golpe- avejentado cuerpo con la ayuda de los tullidos soldados de mi media naranja.

Tapa del libro “Mamá Probeta”

Tapa del libro “Mamá Probeta”

Las ganas

Ante todo está el tema de las ganas. Y eso no es cualquier cosa. Porque para todo hace falta ganas, es cierto, y si quieren que venga el más gallito a decirme que una mujer que queda embarazada en forma natural también tiene que tener ganas de bancarse los nueve meses, la panza, el peso, las várices, las hemorroides y la mar en coche, y que la maternidad es en sí misma un acto heroico y que por eso la sociedad cuida y respeta tanto a las madres. Todo bien, pero hablamos acá de gente que antes de todo eso, antes de saber siquiera si alguna vez va a llegar a todo eso, tiene que tener otras ganas. Porque, señores, hay que tener ganas de visitar médicos, de hacerse estudios, de destinar ahorros, de darse pinchazos, de esperar, de ilusionarse, de llorar con el resultado que no era el esperado, de volver a hacerse análisis, volver a visitar médicos, volver a pincharse, volver a ilusionarse para volver a llorar con el resultado que no es el esperado.

Y a todos esos ciclos deberíamos sumarle las ganas en la pretemporada de los tratamientos, esa época en que había que tener ganas de tener ganas, y por ganas todos estamos entendiendo lo mismo: ganas de hacer el amor, o de tener intimidad, o de tener relaciones sexuales, decile de la manera más pacata que se te ocurra.  O sea, tener que tener ganas aunque no se tuvieran ganas. Aunque hubiéramos estado a las puteadas todo el día, aunque justo ese día el paparulo que una eligió por pareja se hubiera mandado la cagada del siglo, aunque el universo estuviera en contra nuestro y justo ese día se hubiera esforzado también por demostrarnos que estamos en sus manos. Aunque todo nos dijera que mejor no, que era un día que muy lejos del ánimo necesario para la actividad sexual, ese día era verde según nuestra aplicación en el teléfono, y entonces no se podía desaprovechar. Y había que sacar ganas de algún recóndito lugar de recuerdos de sexo feliz.

Pero hay un día que no hay más ganas. No hay más ganas de nada.

Ese día, tarde o temprano, nos llega a todos en el sinuoso camino. Y no queremos más, y decimos basta. A veces se dice con tranquilidad, y una se mira con el compañero y se pregunta: ¿qué estamos haciendo? ¿cómo llegamos hasta acá? Y los dos a coro afirman que ya no tienen más ganas. Otras veces se dice a futuro, con declaraciones que parecen más bien amenazas a Diosa Fortuna, envalentonados y casi con superación: si esta vez no quedamos, se terminó, compramos unos pasajes Tailandia y a vivir la vida child free, que la verdad es algo que se nos da de lo más bien. Si esta vez no sale, ya fue, no intentamos más. Probamos una vez más y se acabó.

Pero hay otras veces que se dice llorando, abrazados, hechos ovillito de pareja, con el test de embarazo, o el manchón de sangre, o el llamado del médico en el medio. Y se grita «¡basta, ya no más, ya no tengo más ganas, ya no puedo más!». Y se siente en el pecho un hueco y una angustia y una desazón. Y no hay abrazo del compañero que alcance, no hay palabra de la especialista en fertilidad o de la amiga de confianza que ayude. No tengo más ganas. Basta.

Hay veces que las ganas vuelven, y la rueda vuelve a girar, y vuelven los estudios, los médicos, los pinchazos, las ilusiones, la beta espera, los resultados.

Y hay veces que no.

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Por Renata Burnett