Un elogio de la mentira: Franqueza y lealtad: ¿se dice todo en una pareja?

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El compromiso de honestidad y confianza, ¿incluye detalles que pueden herir al otro? ¿Hasta dónde la transparencia es una virtud de las relaciones? ¿Y la protección de la intimidad?

El vox populi reza que las mentiras son el gran enemigo del amor. Cultivar la sinceridad en el huerto de la convivencia, pareciera, nos garantiza gran parte de la felicidad. Pero si hacemos un rodeo y miramos con lupa el asunto, nos encontramos con que eso que llamamos «lo verdadero» es difícil de asir. No solamente vivimos diciendo pequeñas mentiras a los otros (inocentes, piadosas, blancas y todo el vocabulario santo detrás), sino que nos mentimos y engañamos a nosotros mismos. Tampoco la historia, ni la ciencia, ni la lógica han podido elaborar verdades definitivas. ¿Por qué se nos pide tanto? ¿Muy filosófico? A eso vamos.

En la práctica, pero también en la teoría, todo es relativo. «Ese vestido te queda hermoso»; «me quedé un rato más en la oficina»; «no quiero hacer el amor porque tengo sueño»; «no puedo ir a ver a tu mamá, me duele la cabeza», y podríamos enumerar al infinito sentencias que no soportan un doble chequeo, ni un detector de mentiras.

Hace algunos años, el diario Wall Street Journal publicó un reportaje a la doctora y profesora en la Universidad de Filadelfia Marianne Dainton, quien reflexionó sobre este tema. La experta en pareja sugirió algo que parece muy sensato: lo que la mayoría de las personas buscamos en nuestra pareja no es el extremo de la sinceridad, sino valores como afecto, dulzura, aceptación y motivación. Las verdades que lastiman nuestro ego y nuestra autoestima no suelen ser bien recibidas, y ponen en jaque la unión.

Grandes y pequeñas mentiras

Según el sexólogo y especialista en pareja Walter Ghedin, «decir la verdad es un valor moral en todo tipo de relación, más aún en las parejas. Se pide que la honestidad esté presente siempre. Es común escuchar ‘desde el principio existió el compromiso de hablar de todo, sin tapujos; sin embargo, llegado el momento, hubo ocultamientos y mentiras’. Sostener la veracidad de los hechos y de los sentimientos es, ante todo, un compromiso con uno mismo. Y uno se acostumbra a engañarse o a no ser fiel con el compromiso asumido. Tanto para uno mismo como para los demás, se usan formas defensivas para atenuar el impacto que tienen las situaciones, y una de ellas es la mentira.»

Claro que hay matices. Una infidelidad sostenida que no está dentro del acuerdo, confesar amor cuando ya no lo sentimos, ocultar puntos importantes del manejo económico… pueden ser actos de manipulación para beneficio propio, y no para el bien de la pareja. «Existen personalidades que hacen de la mentira su modus operandi. Pareciera que se convencen de su discurso embaucador y lo expresan con una seguridad que no deja lugar a dudas. En este caso, la mentira no es una inocente distorsión de la realidad con el fin de no exponer la verdad, es una conducta de manipulación que envuelve al otro», agrega Ghedin. Se enciende la alarma. Herida en puerta.

El jardín secreto

En contraposición a esos engaños u ocultamientos que lastiman, tenemos la otra punta, la de la sinceridad que se vuelve un sincericidio. ¿Es necesario poner en palabras hacia el otro cada cosa que hacemos? ¿Cada cosa que sentimos? Y si estamos de mal humor, ¿debemos hablarlo en el momento? Si el otro hizo algo que nos molestó, ¿es conveniente explicar toda nuestra interioridad confusa o movilizada? La culpa católica nos somete a examen, como si hubiera un dios omnipresente que nos observara y ante quien debemos justificar cada uno de nuestros actos, pensamientos, sentimientos. ¿Es bueno para la subjetividad no guardar secretos, ser una transparencia sin fondo? ¿Es bueno para el deseo?

En el capítulo 2 del libro Las virtudes del poliamor, del físico y psicólogo francés Yves-Alexandre Thalmann, se resume esta idea de transparencia versus franqueza: «Cuidado con no confundir franqueza y transparencia. Mientras que la primera es indispensable para conseguir una relación de calidad, la segunda es perjudicial. En efecto, cada uno debe tener la posibilidad de disponer de un jardín secreto donde cultivar los pensamientos y los recuerdos más íntimos. Esa no es sólo una condición para el equilibrio psíquico, sino que también forma parte del equilibrio erótico. El amor despierta donde flota una brisa de lo desconocido, pero se apaga cuando el otro se ha vuelto totalmente previsible. Una parte del misterio es esencial para mantener el deseo: volverse transparente es lo mismo que ser invisible.»

Quién no se enamora del misterio, que no es lo mismo que decir, del engaño. Cuando el otro es una profundidad a descubrir, una pregunta cotidiana, la latencia del interés se mantiene viva, prendida fuego como una llama. Mi compañero tiene deseos propios, que tal vez no me cuente, ¿me erotiza? O, mi compañero es previsible, me cuenta todo lo que hace, ¿me erotiza?

«La mentira cumple en las parejas una función moderadora de las tensiones que se podrían generar si la verdad surgiera con toda su crudeza. No estoy diciendo que es válido mentir, tampoco que hay que decir la verdad a toda costa. Cada miembro de la pareja evaluará la dimensión de la mentira y sus consecuencias», concluye Ghedin.