
Investigar “a lo Carrasco”: cuando la ciencia nace en el aula
En la Escuela Secundaria N.º 5 de Saladillo “Andres Carrasco”, la ciencia no empieza en un laboratorio equipado ni en una sala reluciente con instrumental de última generación. Empieza en la huerta. Empieza en la tierra. Y, más precisamente, empieza cuando los estudiantes descubren que bajo sus pies todavía quedan restos de un pasado incómodo: el predio donde hoy funciona la escuela fue, alguna vez, un terreno baldío utilizado para el depósito de residuos del barrio.
Ese hallazgo, lejos de quedar como una anécdota, se transformó en pregunta científica.
Guiados por la profesora de Biología Pamela Aguirre desde la materia Biología, Genética y Sociedady acompañados por la docente de Matemática Yanina Aguilera, los estudiantes de 6.º año decidieron investigar si era posible producir un material alternativo al plástico convencionalutilizando insumos accesibles y no contaminantes. Así nació el proyecto de biomembranas —o bioenvolturas—, un desarrollo que combina sensibilidad ambiental, método experimental y una fuerte identidad institucional.
La escuela lleva el nombre de Andrés Carrasco, investigador del CONICET que cuestionó el paradigma dominante al estudiar los efectos del glifosato sobre el desarrollo embrionario de anfibios, estableciendo paralelos con la salud humana. Pero en Saladillo, su nombre no es solo una placa en la pared. Es una forma de hacer ciencia.
Los propios estudiantes bautizaron su metodología como “investigar a lo Carrasco”: persistir aun cuando faltan recursos, buscar respuestas desde la realidad concreta y no resignarse frente a la precariedad.
Porque aquí no hay tubos de ensayo ni mecheros. Hay frascos reciclados y la cocina de la escuela. No hay balanzas analíticas: hay una balanza de cocina que la docente llevó de su casa. No hay laboratorio móvil institucional: a veces, el baúl del auto cumple esa función.
El procedimiento, sin embargo, es rigurosamente científico. Utilizaron glicerol vegetal como plastificante, agar-agar y gelatina como formadores de red estructural. Vertieron las mezclas sobre superficies hidrofóbicas —moldes de silicona— para permitir la evaporación controlada y la formación de membranas.
Obtuvieron dos tipos principales: una biomembrana de origen vegetal, más resistente térmicamente (hasta 100 °C) y con degradación en suelo en aproximadamente 14 días; y otra de origen animal, más soluble y de degradación aún más rápida en lombricomposta.
El proceso no estuvo exento de dificultades. Sin horno de secado, controlar la humedad fue un desafío constante. En ocasiones, la proliferación de hongos obligó a repetir ensayos. La falta de instrumental volumétrico exigió aplicar cálculos de densidad para convertir masas en volúmenes. La producción solo pudo realizarse en pequeñas superficies, limitando la escala de los prototipos.
Pero lo que podría leerse como carencia se convirtió en aprendizaje.
Muchos de estos estudiantes habían internalizado la idea de que, sin laboratorio, no podían hacer “verdadera ciencia”. El proyecto cambió esa percepción. Transformar residuos en materia prima, diseñar materiales biodegradables y discutir el impacto ambiental del plástico de un solo uso les permitió reconocerse como productores de conocimiento, no solo como receptores de contenidos.
Para la profesora Aguirre, el objetivo trasciende el experimento. “La escuela tiene que ser un punto de inflexión”, sostiene. Un espacio donde los jóvenes —muchos de ellos conviven con realidades sociales desafiantes— puedan descubrir que la ciencia no es un privilegio lejano, sino una herramienta concreta de transformación.
En tiempos donde la discusión ambiental ocupa cada vez más espacio público, esta experiencia demuestra que la divulgación científica no siempre llega desde grandes centros urbanos o laboratorios internacionales. A veces nace en una huerta escolar, entre tierra removida y preguntas incómodas.
Y entonces, como enseñó Carrasco, la ciencia se vuelve soberana. Y profundamente humana.








