Cuáles eran los sueños de las víctimas de la persecución policial que quedaron truncos en segundos. Entre ellas, un milagro: Rocío.

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Fue una persecución desenfrenada a los tiros contra cinco chicos. Terminó cuando el Fiat 147 Spazio en el que viajaban chocó contra el acoplado de un camión estacionado. Cuatro adolescentes murieron y una quinta terminó herida de gravedad.

La tragedia de San Miguel del Monte no registra precedentes. Hoy esos policías que causaron y encubrieron todo están tras las rejas, el ruido de los disparos quedó lejos y del coche solo queda chatarra. Pero el crimen vuelve a ocurrir todos los días en el corazón de las familias que se quedaron sin las carcajadas de Camila, las rimas de Danilo, los trucos de skate de Gonzalo o los chistes de Aníbal.

Mientras los investigadores aún intentan encontrar una explicación a lo que desencadenó la persecución, las familias todavía no pueden entender lo que le hicieron a los chicos, y para peor, que les hayan mentido en la cara.

El dolor es grande, la ausencia insoportable y el reclamo de justicia cada vez más firme. Son cuatro historias de alegrías y travesuras adolescentes que la brutalidad policial transformó en un dolor infinito.

Pero el recuerdo sigue latente en el corazón de los papás, tíos y hermanos de las víctimas, a cuatro semanas de aquella madrugada del lunes donde toda la ciudad empezó a llorar a los hijos de San Miguel del Monte.

Camila

Auténtica y espontánea, así era Camila López (13) en las palabras de su mamá, Yanina Zarzoso (33). “Con un carácter muy fuerte, pero súper dulce”, agrega

Cami era la segunda de tres hermanos, Agustina (16) y Santino (6). “Ella decía que era fría, aunque en el último tiempo confesó que por dentro no, que en realidad se hacía un poco la fría. Desde que ella era chiquita supe que era la que más te abrazaba y mimaba”, recuerda Yanina.

Las preferencias de Camila pasaban por lo artístico. Le gustaba escuchar música y en la intimidad –le daba un poco de vergüenza– se animaba a improvisar algunas rimas. “Estaba todo el día con eso, por lo cual yo renegaba mucho porque no me gusta pero inevitablemente se me pegaban los temas, iba por la calle y los cantaba”, dice Yanina, que trabaja como psicopedagoga en la misma escuela a la que concurría su hija.

Camila, como Danilo, Gonzalo y su mejor amiga Rocío, y su hermana Sofía, iban a ese colegio. Allí se había cambiado hacía poco, por pedido de ella.

“A Cami no le gustaba mucho la escuela, casi nada. Renegábamos mucho. Se había llevado cinco materias en primer año. Eso le costó un montón, pero con esfuerzo estudiamos particular y pudimos dar tres y le quedaron dos previas”, cuenta Yanina y se le quiebra la voz al recordar uno de los últimos logros junto a su hija.

El sueño de Camila era ser fotógrafa. “Siempre modelaba y ella era la fotógrafa de la hermana. Todavía siento que las veo maquillándose, pintándose, arreglándose, poniéndose ropa de grandes y sacándose fotos. Siempre decía que su sueño era ese y quería empezar a estudiar. Hace poco vimos que había un curso de fotografía y no necesitabas una cámara, podías usar el celular”, evoca Yanina sobre uno de los proyectos que quedaron truncos después de lo que pasó.

Gonzalo

Un ratito de skate antes de entrar a la escuela. Otra vuelta por la plaza a la salida, la merienda en casa y a seguir con la tabla. Gonzalo Domínguez (14) era fanático del skate. No había otra cosa que le gustara más hacer en sus ratos libres que jugar con su patineta. Siempre y cuando fuera con la compañía de su mejor amigo, Danilo Sansone (13).

Gonzalo iba a la Escuela Secundaria N° 1, pero no era muy amigo del estudio. “Me hacía renegar bastante”, recuerda Susana Ríos (56), su mamá, que desde el día de la tragedia lleva el último buzo que le regaló a su hijo colgado en sus hombros.

Gonzalo Domínguez (14), víctima de la tragedia de San Miguel del Monte.

Gonzalo Domínguez (14), víctima de la tragedia de San Miguel del Monte.

“Yo le ponía límites, no lo dejaba salir porque tenía exámenes, pero él siempre se salía con la suya, me convencía, le gustaba la patineta y la plaza era su lugar”, dice Susana, que reparte su tiempo entre sus hijos, su trabajo en la Municipalidad y La Plata, donde su esposo y papá de Gonzalo se encuentra internado en una clínica de rehabilitación por un accidente cerebro vascular (ACV).

Fue ella quien, al ir al hospital a reconocer el cuerpo de su hijo, se cruzó con el secretario de Seguridad, Claudio Martínez, y le preguntó si eran ciertas las versiones de los disparos policiales. «Agachó la cabeza y me dijo que no», contó. Hoy el funcionario está preso, acusado de encubrimiento.

La mujer define a Gonzalo como la “personita más dulce, aventurera y libre”. También dice que tenía una habilidad para seducir a la hora de cambiar juegos por deberes y mucha picardía. “Me tenía activa. Él era el más chico de todos sus hermanos. Yo ya lo estaba criando con más tranquilidad y paciencia. Así era él. Le gustaba más jugar que ir a la escuela”, cuenta Susana.

Gonzalo andaba en skate desde los 10 años. “Se quería especializar en eso. Es lo que lo hacía feliz. Era su conexión con el resto de los chicos”, dice Susana. “Iba siempre a la pista de skate de la costanera y se juntaba a rapear con sus amigos”, cuenta.

Cuando Gonzalo era más chico era vecino de Danilo Sansone (13) y se volvieron amigos inseparables. Lo más normal era que los dos estuvieran siempre juntos. Uno en la casa del otro, en la plaza, el skatepark, o la escuela. “Yo a Danilo ya le había armado una cama acá, era llegar y que estén los dos juntos y toda la casa revuelta. Me hacían renegar”, rememora Susana con una sonrisa.

Muy compinche con su madre, Gonza le pedía que le enseñara a bailar cumbia, para después poder hacerlo bien en los bailes. “Me agarraba acá en el living para que le enseñe unos pasos y bailábamos juntos”, dice. Cuidadoso de su imagen personal, Gonza también solía posar para las fotos. “Siempre hacía poses de modelo. Me pedía que le saque fotos con la mirada perdida, sentado en un escalón o con fondos artísticos”, cuenta Susana. “Si salía mal me la pedía hacer una y mil veces”, recuerda. Como esas, también tiene varias haciendo trucos con su skate.

Danilo

El sueño de Danilo Sansone (13) era ser policía. “Y ahora me vengo a enterar que cuatro policías mataron a un futuro policía”, dice entre lágrimas Gladys, la mamá de Danilo. A Dani, como le decían, le encantaba ir a la escuela y quería terminarla para trabajar y ayudar a su familia. “Tiene un tío que es policía y era un orgullo para él”, cuenta Gladys Ruizdia (34).

Juan Carlos Sansone (40), o “Cita”, como lo conocen todos en Monte, recuerda a su hijo como un chico ejemplar, buenísimo, que nunca faltaba a la escuela y le encantaba jugar a la pelota, andar en skate y estar con sus amigos. También se le llenan de lágrimas los ojos cuando se acuerda de todas las veces que lo acompañó a vender carnada con él a la laguna. “Cita” cría mojarras para la venta. Ahora en Monte es temporada de pejerrey.

“Yo siempre lo defendía, iba a hablar por él. Era muy bueno, un ángel. Él era orgulloso del papá, decía que era el hijo del “Cita”. Le gustaba ir a ver los partidos de papi fútbol. En la cancha lo querían, lo hacían entrar porque a veces yo no tenía plata para darle y los de la cantina lo convidaban con una hamburguesa y se quedaba ahí mirando cómo jugaban a la pelota, sin maldad, como todo padre quiere”, recuerda Juan Carlos.

“Le pedías que fuera a hacer un mandado en la bici e iba. No contestaba. Era el hijo que todo padre quiere tener, el mejor del mundo. Humilde, sano”, dice “Cita”.

Cuando no estaba jugando con sus nueve hermanos o acompañando a su papá, Danilo pasaba todo el tiempo con Gonzalo. “Eran muy amigos de chiquitos, siempre traviesos, siempre alegres con esas caritas que te llenan el alma”, expresa Gladys, su mamá.

De vez en cuando sus papás lo dejaban salir a la noche a la plaza, adonde le gustaba ir a rapear. “Esa noche nos pidió permiso y lo dejamos y fue a ver a los amigos y a dar una vuelta en el auto de Aníbal. Para un chico de 13 años en un pueblo no hay peligro, este es un lugar lindo, sano, y entonces le dimos permiso”, cuenta “Cita”. “Y a las dos horas nos enteramos de esta tragedia… fue una masacre. Hicieron cualquier cosa. No son policías, son asesinos. Yo lo único que le voy a pedir al fiscal, al juez de garantías y a la gobernadora, que me recibieron muy bien, es que los que sean culpables que paguen y que les caigan con todas las de la ley”, reclama el papá de Danilo. “Tenemos un dolor en el alma que es inexplicable”, cierra.

Aníbal

Aníbal Suárez (22) había llegado hacía un año y medio desde Concepción de la Sierra, provincia de Misiones. Trabajaba, cuando había empleo, en las plantaciones de yerba. “Ahí es de sol a sol para ganar unos pocos pesos, y la plata cada vez valía menos”, dice Emanuel (21), hermano menor de Aníbal, que llegó a San Miguel del Monte poco después que Aníbal.

“Mi hermano era una excelente persona, siempre tratando de ayudar, nos cuidaba. Si te sentías mal te acompañaba al médico, siempre se ofrecía a llevarte al hospital. Le gustaba bailar, cantar, la doma y el fútbol”, comenta Emanuel. El año pasado había salido campeón con su equipo de una liga local.

El sueño de “Garrafita”, como le decían en Misiones, o de “Pitufo”, como lo conocían en Monte, era conocer la Bombonera. Aníbal era fanático de Boca pero nunca había ido a la cancha. Y para eso justo estaba averiguando unos días antes de la tragedia.

“Aníbal vino hace un año y medio y vivió 9 meses con nosotros. Siempre fue una persona espectacular, tanto para mí como para mis hijos”, puntualiza Mónica Gegena (30), su tía.

“Le encantaba jugar, pelear y tirarse al piso con los chicos. Era uno más. Después empezó a trabajar con mi marido y él me quería dar plata, pero yo no la quería agarrar. De a poco empezó a comprarse ropa, un pantalón, zapatillas y se fue armando su mudita”, recuerda.

A Aníbal se lo solía ver vestido de gaucho, con camisa, boina y bombacha de campo. “Le encantaba andar así, porque decía que las mujeres en los bailes lo elegían vestido de gaucho”, cuenta Mónica.

Con el paso de los meses, y la llegada de Emanuel, Aníbal consiguió una habitación en la casa de otros tíos y los dos hermanos se fueron a vivir solos. En ese momento, “Garrafita” consiguió trabajo en blanco en una chanchería, juntó plata, se compró una moto, la vendió y después vino el auto. Un Fiat 147 Spazio gris que le salió 20 mil pesos. Entre los arreglos para hacerlo andar, ponerlo lindo y que la transferencia le salía 7 mil pesos, no había conseguido registrarlo a nombre de él.

Y hace dos meses, la empresa donde trabajaba quebró y el tema de los papeles quedó para más adelante. En eso empezaron los aprietes de la Policía para coimearlo a cambio de no secuestrarle el coche y ponerle una multa de 35 mil pesos.

“Habíamos dejado de usar el auto, pero no tenía ningún sentido tener un auto para no poderlo usar, entonces andábamos por los caminos de tierra, salíamos a hacer los mandados por las calles de atrás del barrio, no por la ruta”, dice Emanuel.

En los últimos días, los dos hermanos trabajaban juntos haciendo changas. “Con lo que ganábamos nos comprábamos para comer y vestirnos. Estábamos continuamente ayudándonos el uno al otro”, indica Emanuel.

“Su sueño era arreglar el auto y llegar de sorpresa a Misiones para visitar a mi mamá y mis hermanos”, lamenta emocionado.

El último día en la vida de Aníbal, los dos hermanos comieron en lo de Mónica. El que cocinó fue “Garrafita”, a pesar de que había vuelto tarde de bailar. Igual se levantó y se quedaron en familia hasta las seis o siete de la tarde. “Ahí nos fuimos a casa y me dijo que se había olvidado el teléfono. Salió a buscarlo y no volvió más. Al día siguiente me entero de la tragedia y que había muerto”, concluye Emanuel.

Rocío

Rocío Quagliarello (13) fue la única sobreviviente. Sufrió fracturas en las piernas y en la mandíbula, estuvo diez días inconsciente y el jueves último volvió a su casa, después de 24 días de internación.

Sus familiares, amigos y vecinos la recibieron con emoción, en medio del dolor que envuelve al pueblo por la muerte de los cuatro chicos. Rocío, que tiene la mandíbula sellada y se moviliza en silla de ruedas, ahora deberá afrontar una difícil recuperación.

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«Rocío está bien. El primer día sintió toda la euforia y el cariño de la gente que la vino a acompañar. Ahora está tranquila y eso es lo que necesita, tranquilidad», dijo a Clarín uno de sus seres queridos.

Desde el jueves que la adolescente se recupera en su casa, donde debe permanecer en reposo por la gravedad de sus heridas. No puede pisar ni movilizarse por sus propios medios. por lo que esperaron hasta que sea capaz de sentarse para que puedan higienizarla.

Rocío Quagliarello, única sobreviviente de la persecución en San Miguel del Monte.

Rocío Quagliarello, única sobreviviente de la persecución en San Miguel del Monte.

Tampoco puede alimentarse, por lo que está conectada a una sonda naso gástrica. Es que tuvieron que ponerle una prótesis en el maxilar inferior y deben esperar a que sane su fractura en el superior.

Esta semana deberá controlarse con el cirujano que determinará si pude remover las sujeciones que le permitirán masticar y hablar. A fin de mes los traumatólogos evaluarán el estado de sus facturas y decidirán si ya puede iniciar la rehabilitación para volver a caminar.

Estuvo contenida por su mamá y sus hermanos. Su familia la recibió con una bandera, globos y remeras con la leyenda «Ro: sos una guerrera».

Loana Sanguinetti (33), su mamá, dijo que lentamente «permitirán algunas visitas» de sus amigos y que «no se acuerda nada de lo que pasó». Y aclaró: «Nadie la va a apurar en nada. De lo único que tenemos que ocuparnos es de darle amor».

El expediente

Por la tragedia de Monte hay 4 policías presos acusados de «homicidio agravado» y otros 8 detenidos por «encubrimiento», junto al secretario de Seguridad, Claudio «Toro» Martínez. Todavía no explicaron por qué comenzaron la persecución.

Los cuatro primeros son el capitán Rubén Alberto García, los oficiales Leonardo Daniel Ecilape y Manuel Monreal y el subayudante Mariano Ibáñez.

En tanto, los oficiales imputados por «encubrimiento» son el subcomisario Franco Micucci, el teniente Héctor Enrique Ángel, el oficial inspector José Manuel Durán, la oficial subayudante Nadia Genaro y la oficial Melina Bianco; el oficial subinspector José Alfredo Domínguez y los oficiales Cristian Righero y Juan Gutiérrez.

El testimonio de la agente Bianco fue clave para desentrañar la trama de encubrimiento. Ella iba en el asiento trasero del patrullero que conducía Ibáñez. El acompañante era Monreal, quien -según el relato de Bianco- se bajó del coche, apuntó con su arma y disparó al auto en el que iban los chicos.

“Se para adelante como para que (el Fiat) detenga su marcha. Y como esto no ocurre, saca el arma y dispara de atrás una vez que pasó. Habrá disparado como mínimo tres veces”, recuerda la joven en la indagatoria judicial a la que tuvo acceso Clarín.

Antes, otra patrulla había comenzado la persecución al Fiat 147. Era una pick up que conducía el oficial Ecilape, acompañado por el capitán García. Los agentes estaban recorriendo la ciudad y habrían acudido a un llamado del 911 por un episodio registrado en el barrio Montemar, de San Miguel del Monte.

Este jueves los familiares y amigos de las víctimas, junto a vecinos de Monte, organizarán un «Festival por lxs pibes», a un mes exacto de lo sucedido.

El evento, que incluirá rap, skate y arte será en el skatepark y finalizará con una marcha hacia la plaza Adolfo Alsina. Ese lugar será rebautizado como «La plaza de lxs pibes».