Las terribles historias de abuso detrás del pedido de ayuda al Papa

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Fue una reunión entre mamás lo que comenzó todo, pocos días antes del 27 de julio último, cuando decidieron formular una denuncia en la Comisaría Nº40. Fueron cinco de ellas las que decidieron charlar; todos sus hijos, de entre seis y siete años de edad, asistían al Instituto Nuestra Señora de los Remedios, un colegio que depende de curas salesianos en la zona de Parque Avellaneda. Algo no estaba bien con los chicos. Habían comenzado a orinarse y defecarse encima, tenían raptos de mal humor, caprichos.

Tenían un miedo enfermizo a ir a la escuela. Uno de ellos hasta se había bajado los pantalones frente a su papá, preguntándole si mostrarle el pene estaba mal. Otro de ellos había comenzado, de repente, a tocarle la cola a sus propios hermanos. Otro, en tratamiento pediátrico por una afección en su pene, se negaba violentamente a que lo toque incluso su propio médico.

Uno de los chicos, según la denuncia policial, habría dicho a su papá que no quería ir más al colegio porque había «un moustro (sic)», «que era pelado y tenía una baba caliente». ¿Quién era ese «moustro»? El padre del chico comenzó a insistir: el chico, eventualmente, dijo que un profesor de la escuela lo había llevado al interior del baño del gimnasio, que se bajó los pantalones «y le mostró el pene, pidiéndole a los menores que le tocaran el pito», que a su propio hijo, este docente «le bajó los pantalones y le sacó el pito y lo tocó pito con pito».

«Todos piensan que es bueno, pero es malo, porque les hace cosas feas a muchos chicos chiquitos, les muestra el pito… y les toca la cola», relató otro chico a su padre, según documentos policiales. Hubo resistencia ante el presunto ataque: «Sos un sucio, un asqueroso de mierda», llegó a decir un chico. «Mi hijo también me dijo que esta persona le decía que lo miraran cuando hacía pis», afirmó otro menor. Los chicos, dijo el menor a su padre, de acuerdo a la denuncia presentada en la Comisaría Nº40, habían hecho un pacto de silencio entre sí, pero los padres comenzaron a preguntar con insistencia. De frente a fotos de profesores del Instituto, al menos dos de ellos señalaron a un docente, de forma nerviosa, tímida. Era M.O, un auxiliar, de apenas 21 años de edad, apodado por las dos primeras sílabas de su apellido.

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Cuando la división Delitos contra Menores de la PFA allanó por orden judicial la casa de M.O -su verdadero nombre se preserva por motivos de seguridad- este 31 de julio último, el joven no se agitó demasiado. Algo gordito, morocho, con una línea de de barba que le recorría la mandíbula inferior, posó tranquilo para la cámara policial mientras los efectivos revolvían sus cajones y cosas en su vivienda del barrio de Flores, a pocas cuadras de la estación del subte Plaza de los Virreyes. El objetivo del allanamiento era expreso: secuestrar cualquier dispositivo electrónico que pudiese contener fotos o filmaciones. También, M.O debía ser notificado de una orden de restricción en su contra: no podía aproximarse a menos de 500 metros de los chicos que lo denunciaron o sus familias.

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Sus vínculos con la orden sacerdotal se extienden más allá de la escuela. Fuentes cercanas a la causa indican que es parte del MJS, el Movimiento Juvenil Salesiano, dedicado a acciones pastorales y solidarias. El Ministerio de Educación fue notificado de la orden de restricción y la escuela fue luego intervenida. Los dispositivos de M.O, por otra parte, arrojaron una inquietante sorpresa: aparecieron fotos de los mismos chicos que lo habían denunciado, según indican fuentes cercanas al expediente. No estaban desnudos, ni tocando al joven docente. En las imágenes, simplemente estaban en el patio de la escuela.

Hoy, el nombre de M.O está estampado en la carátula de un expediente a cargo del Juzgado de Instrucción Nº32 del doctor Santiago Quian Zavalía y tiene un abogado defensor. Los chicos que lo acusan ya no son cinco: trece de ellos ya se presentaron en la causa y sus edades llegarían hasta los cuatro años. El delito que se investiga es, precisamente, «abuso sexual». Y las historias que los padres contaron a la Justicia y a la Policía son aberrantes.

 con su mayor particularidad: la carta que los padres de los niños presuntamente abusados le enviaron al Papa Francisco en busca de ayuda. Ahí, detallaron lo que sus propios hijos les habrían narrado: «Estos abusos sexuales consistían, para citar algunos hechos concretos, en bajarles los pantalones, tocarles los genitales a los niños, también los obligaba a que lo toquen a él, a que le practiquen sexo oral, se masturbaba delante de ellos y los niños lo veían eyacular», afirmaron. El colegio mismo fue blanco de acusaciones: «Los Directivos y el Colegio, lejos de acompañar a las familias damnificadas, mintieron, negaron y ocultaron los hechos, se escondieron».

¿Qué hizo el colegio, entonces? Una voz de peso en el Nuestra Señora de los Remedios indicó de forma algo ofuscada a este medio que M.O -que todavía no fue procesado ni indagado por el juez de la causa- fue separado de su cargo apenas trascendió el hecho, que era apenas «un auxiliar en materias del secundario» a pesar del hecho de tener acceso a alumnos del primario y que la institución colabora con la Justicia. Otras voces en el expediente hablan de una colaboración a cuentagotas, al menos escueta, y de una airosa defensa de otros maestros al principal acusado en la cara de los propios padres. La defensa de M.O, por su parte, habría sugerido el nombre de otro presunto abusador, algo que en la investigación se cree una maniobra para confundir la dirección del expediente.

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¿Y a vos, qué te hizo?

El abogado Maximiliano Rusconi -ex fiscal, defensor de Diego Lagomarsino en la causa Nisman y actual profesor titular de Derecho Penal en la UBA- representa a la familia de una de las presuntas víctimas. Rusconi afirma: «Este es un caso donde claramente no vamos a admitir ni un centímetro de impunidad. No solo vamos a colaborar con la Justicia para que quede claro quién es la persona que tuvo la responsabilidad directa en el abuso de los niños, sino también la responsabilidad de aquellos que estaban en posición de ser custodios de estos niños. Si alguien no genera los controles necesarios, deja por omisión a los niños en una posición de desamparo absoluto. Vamos por estos dos niveles».

El expediente tiene pasajes aún peores que los primeros. Un padre, por ejemplo, reveló: «Mi hijo me dijo que él y todos sus amigos vieron cómo este individuo le ponía la mano en el pito a otro nene más grande y lo acariciaba y que a otro de los nenes este sujeto le chupaba el pito«. En Tribunales, ante el fiscal de la causa, Marcelo Roma y el secretario ad hoc Cristian Curtale, una madre reveló algo al menos escatológico: «Un día su hijo le dijo que el sujeto lo había obligado a ver cómo hacía caca, que el sujeto quería hacer arriba de él, y que como su hijo se corrió, él sujeto lo golpeó el estómago». La madre llegó incluso a recordar que vio manchas de excremento en las zapatillas de su hijo.

Las cámaras Gesell comenzaron a repetirse entre los chicos denunciantes originales. Suelen ser algo complejo. En una de ellas, realizada a un alumno de siete años, la figura de M.O no tardó en aparecer, retratado como un hombre malo, que le había hecho cosas a sus amigos y a él en el baño, que hasta le había dicho que habría matado a una persona, que era alto como su padre, que parecía un estudiante del secundario. Ante las repreguntas del psicólogo judicial, los recuerdos del chico comenzaron a volverse borrosos con respecto al dónde y al cuándo de los ataques. Sin embargo, la figura del hombre malo y del abuso se sostuvo. M.O, una y otra vez, volvía al relato.