Cómo la crispación en las redes y la soberbia intelectual arrastran al mundo al extremismo y el populismo

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Millones de personas contribuyen a este clima de violencia. Jóvenes y viejos, ricos y pobres, algunos con educación, otros armados solo con una computadora, creen que saben más y están mejor informados que los expertos, los profesores y los técnicos especializados.

 ¿Qué sucede cuando nos creemos más inteligentes que todos los otros? ¿Por qué no nos exponemos a ideas diferentes a las nuestras? ¿Por qué sólo nos movemos en los círculos de las redes sociales donde estamos más cómodos y no queremos escuchar a los otros? Un fenómeno que está arrastrando a los electorados de todo el mundo hacia las posiciones extremas y populistas. Tom Nichols, el autor «The Death of Expertise: The Campaign against Established Knowledge and Why it Matters» (La muerte de la experiencia) nos da algunas respuestas. También, varios estudios de psicólogos destacados. Y de los politólogos que ponen todo esto en el contexto de la crispación que azota desde Hungría hasta Argentina y desde Estados Unidos a Sri Lanka. Es un tema que preocupa cada vez más a los analistas de la seguridad global.

Frank McAndrew, profesor del Knox College de Illinois, fue quien tiró la primera piedra. Escribió un artículo en el sitio más popular de intercambio de ideas de este momento, The Conversation. Su título ya llama la atención y provoca polémica: «¿Podría ser la falta de humildad la raíz de lo que aflige a América?» La pregunta es válida para el resto del mundo. La polarización no tiene fronteras. La extrema derecha avanza en Europa. El Brexit está acorralando a Gran Bretaña. Trump no deja de lanzar tweets ofensivos. El chavismo y el nacional-populismo dividen a toda América Latina. El terrorismo islámico crece en todo el planeta. Las redes sociales están repletas de insultos y muy pocas ideas. Las campañas políticas se mueven por la empatía hacia una persona, hacia un salvador.

«Son jóvenes y viejos, ricos y pobres, algunos con educación, otros armados solo con una computadora portátil o la fama súbita. Pero todos tienen una cosa en común: son personas normales y corrientes que creen que en realidad son un tesoro de conocimiento. Están convencidos de que están más informados que los expertos, tienen un conocimiento más amplio que los profesores y son más perspicaces que las masas crédulas», escribe Tom Nichols. Se podría agregar que se trata de personas que de la noche a la mañana se encuentran con un instrumento –tweets, whatsapps, mensajes en chats, en Facebook o Instagram- que nunca habían tenido antes y de pronto descubren su «ser». Pasan a convertirse en alguien que emite un mensaje y que cuenta con otro que lo recibe. Hasta la llegada de las redes sociales sus expresiones eran sólo conocidas por su entorno familiar, laboral, etc. Y se canalizaban a través de un partido político o una corriente de pensamiento. Ahora, sin la más mínima humildad, da a conocer sus pensamientos a un público mucho más extenso. Adquiere legitimidad sin participar plenamente del juego democrático.

La humildad intelectual es un tema candente en el campo de la psicología de la personalidad. En los últimos años, surgieron una serie de estudios que destacan el importante papel que desempeña en nuestro conocimiento, relaciones y visión del mundo. «Ver la personalidad de alguien como una constelación de rasgos se remonta a la antigua Grecia y Roma. Hoy en día, es ampliamente aceptado que los rasgos de personalidad tienen una base biológica y genética sólida que puede ser amplificada o silenciada por la experiencia», explica el profesor Frank McAndrew. «Docenas de rasgos diferentes han sido estudiados por psicólogos en los últimos 70 años. Las relaciones entre estos muchos rasgos a menudo se resumen en cinco dimensiones que se conocen como los ‘cinco grandes’: ‘extraversión’, ‘amabilidad’, ‘apertura a la experiencia’, ‘conciencia’ y ‘neuroticismo'», agrega. «Cuando un individuo cae a lo largo de cada una de estas dimensiones, proporciona el esqueleto de una personalidad, que luego se puede desarrollar con una gran cantidad de otros rasgos más matizados, como el autocontrol y el lugar de control», explica.

Uno de estos rasgos periféricos, la «humildad intelectual», está recibiendo mucha atención, en gran parte debido a una investigación pionera realizada por los psicólogos Cameron Hopkin y Stacey McElroy-Heltzel. La humildad intelectual refleja la medida en que alguien está dispuesto a, al menos, considerar la posibilidad de que él o ella puedan estar equivocados en algo. Las personas que obtienen una alta puntuación en humildad intelectual tienden a ser más abiertas a la experiencia y más agradables. Hopkin y McElroy-Heltzel vieron la humildad intelectual como una forma de explorar las creencias religiosas individuales y cómo las personas manejan las diferencias religiosas en la vida cotidiana. Sin embargo, el psicólogo de la Universidad de Duke Mark Leary reconoció la relevancia potencial de este rasgo en una amplia gama de problemas políticos y sociales y terminó realizando una serie de estudios influyentes para explorar cómo el rasgo predice nuestras reacciones a las personas e ideas con las que no estamos de acuerdo. Leary descubrió que los individuos que obtienen puntajes en el extremo superior de la humildad intelectual procesan la información de manera diferente a aquellos que obtienen puntajes en el extremo inferior. Por ejemplo, son más tolerantes a la ambigüedad y se dan cuenta de que no todos los problemas tienen una respuesta o resultado único y definitivo. Cuando escuchan un reclamo, es más probable que busquen evidencia y prefieran argumentos equilibrados y de doble cara.

Pero la mayoría de las personas no tienen una puntuación alta en humildad intelectual. Leary descubrió que cuando hizo la pregunta: «Piense en todos los desacuerdos que ha tenido en los últimos seis meses. ¿Qué porcentaje del tiempo cree que tuvo razón?»: La respuesta promedio fue de alrededor del 66%. Muy pocos admitieron tener razón en menos del 50% de las ocasiones. «El giro, ahora, es la división de los medios de comunicación y las redes sociales en cámaras de eco, donde los individuos con ideas afines se refuerzan las visiones del mundo que ya tienen, haciendo que sea más fácil que nunca sentirse como si estuvieras siempre en lo correcto», dice el profesor McAndrew. «Es menos probable que estemos expuestos a hechos o puntos de vista con los que no estamos de acuerdo, excepto cuando se destruyen o descartan dentro de nuestros propios ecosistemas cibernéticos. Recibir la afirmación diaria de nuestras opiniones e intuiciones de la televisión e Internet, naturalmente, nos impulsa a vernos a nosotros mismos como muy inteligentes. Esto puede ser especialmente tóxico cuando se fusiona con una falta de respeto por la experiencia».

Los que tienen puntos de vista religiosos y políticos más extremos tienden a tener una humildad intelectual más baja. Aún no está claro si las opiniones políticas de los votantes promedio se están volviendo más extremas, pero hay evidencia de que esto puede ser cierto para aquellos que están más involucrados en el proceso político. Además, muchos votantes parecen preferir líderes confiados, decisivos, y que no cambian sus posiciones sobre los temas, las mismas cualidades que se pueden encontrar fácilmente en aquellos que carecen de humildad intelectual.

Hay una ironía en todo esto: según un estudio reciente, las personas que poseen una mayor humildad intelectual en realidad tienen un conocimiento superior del conocimiento general. También son menos propensos a presumir de su destreza intelectual que los que obtienen puntuaciones bajas. «Esto crea un dilema para los políticos que tienen un alto puntaje en humildad intelectual, ya que pueden parecer indecisos a los demás. Después de todo, tenderán a sopesar la evidencia cuidadosamente y tomarán más tiempo para llegar a una decisión que un líder que simplemente ‘decide con sus entrañas'», explica el profesor McAndrew. «Y debido a que las personas con una gran humildad intelectual están interesadas en descubrir por qué otras personas no están de acuerdo con ellas, los políticos con esta cualidad pueden no ser percibidos como ‘jugadores de equipo’ y pueden ser vistos como demasiado listos para comprometerse», agrega.

Jeremy Peters, periodista del New York Times, también analizó el tema y escribió que «la ira política y la indignación moral son las únicas cosas que los estadounidenses realmente tienen en común. Comprender las posiciones de nuestros oponentes se ha convertido en un arte perdido. La falta de humildad intelectual es claramente uno de los factores que obstaculiza nuestra capacidad para participar en el discurso civil».

Esa indignación la expresan los electores votando a candidatos que vienen de fuera del sistema, como el cómico Volodimir Zelesnki, que ganó los comicios en Ucrania por el 73% u otro humorista como Beppo Grillo, en Italia, que estuvo a punto de llegar al poder o el propio Donald Trump, que de construir edificios pasó a comandar la primera potencia del planeta. Un fenómeno que contribuye a la crispación de estas sociedades y que se manifiesta en la política de la mayoría de los países. Joaquín Estefanía de El País de Madrid habla de una verdadera «estrategia de la crispación» que algunos políticos y movimientos ponen en práctica para llegar al poder. «Entendemos por estrategia de la crispación un desacuerdo permanente y sistemático sobre algunas iniciativas del antagonista político, presentadas desde la otra parte como un signo de cambio espurio de las reglas del juego y, en última instancia, como una amenaza a la convivencia o al consenso democrático», explica el ex director del periódico español. «Este tipo de estrategia se contrapone a otro esquema de relación más fluida en el que se suceden o coexisten momentos de tirantez y de relajación, y en el que predomina la negociación y el intercambio por grandes que sean las diferencias. Mientras en esta última situación la crispación ocupa un momento ocasional y pasajero, en el caso de la estrategia de la crispación la tensión opera de forma sistemática, incluso sobre cuestiones de mínima significación», agrega.

«¿Por qué se pone en marcha deliberadamente una estrategia de la crispación? Hay analistas que la identifican directamente con la cercanía de procesos electorales. Sin duda ello es una condición necesaria, pero no la explica del todo: hay muchos momentos en la historia de las democracias en los que se celebran elecciones sin una crispación añadida. Por tanto, hay que sumar otros elementos al análisis. Por lo menos, dos, estrechamente vinculados entre sí: los denominaremos el elemento ideológico y el elemento instrumental. El elemento ideológico se refiere al grado de legitimidad que la oposición reconoce al Gobierno y viceversa. El funcionamiento normal de la democracia requiere la aceptación y el respeto por parte de los actores de algunas reglas no escritas: a) el que pierde, reconoce su derrota; b) el que gana, respeta al derrotado y no lo persigue; c) para ganar, no todo vale. Las dos primeras reglas citadas son la consecuencia obligada del método democrático que se basa, por un lado, en el reconocimiento de la elección como procedimiento de selección del Gobierno y, por otro, en el respeto a las minorías como expresión del pluralismo político. La tercera es una derivada del consenso fundamental que hace posible el disenso y la competición entre los partidos, lo que implica que determinadas cuestiones, como por ejemplo la lucha contra el terrorismo, quedan fuera de la arena competitiva», explica Estefanía.

Y el experimentado político Julio Anguita, ex dirigente del Partido Comunista español, lo describe así: «A partir de ahí toda la troupe mediática y política, con su cohorte de encuestas, perfiles de liderazgo y recuento de tendencias grupales, desdibuja el papel central que debiera ocupar el proyecto -caso de haberlo- y lo suplanta por una pasarela de famosos con las circunstancias personales de cada uno. Toda una feria de vanidades. Las candilejas pasan a ser el nudo de la obra a representar. En esa competición entre actores sin planteamiento, nudo y desenlace que transmitir al espectador, es la brillantez del actor o de la actriz o el dominio sobre los recursos escénicos lo único que cuenta. Y no hay nada más deprimente y vacuo que una trifulca entre primas donnas entre bastidores. Y, peor aún, en el escenario. La crispación se apodera de la escena y la llena por completo».

Y en este vodevil, quedamos entrampados todos. Incluso, los que cuentan con una mayor humildad intelectual. Los crispados se manejan perfectamente en el barro de la política y todos los que están alrededor quedan salpicados. En una sociedad crispada, nadie que quiera participar del juego democrático puede ser inmune a ese clima. Los crispados terminan arrastrando a todos.