Pérez Cavalli: “Nestor cumple ”

No lo voté en 2003. No pude. No lo conocía. Y nadie vota lo que no conoce. Apenas si sabía  escribir su apellido. Pero mi desconfianza no era sólo con él. Era con todos. Era con el Sistema. Miraba a la política entera con recelo. Nací en los 80 pero crecí en los 90. Mi generación maduró entre la desilusión del alfonsinismo, la entrega del menemismo y la debacle del delarruismo. La política era mala palabra. O ni siquiera era palabra. Porque no existía como tema de charla. 

De pronto, a este flaco que había llegado del sur con más desocupados que votos, lo empecé a mirar con simpatía. Pero al comienzo era solo eso: simpatía. En su discurso inaugural dijo que pertenecía a una generación diezmada y al rato dijo que no venía a dejar sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada. A buen entendedor, pocas palabras. Sin decir nada se había definido políticamente: era un hombre que había militado en la Juventud Peronista de los ’70 y que iba a gobernar siguiendo una clara línea ideológica. 

Pero hasta ahí eran sólo palabras. Un discurso, al fin y al cabo, es sólo eso: un discurso. Había que verlo gobernar. 

La primera acción de gobierno fue resolver una huelga docente que venía de arrastre. Hacía meses que los pibes de Entre Ríos no tenían clases. A él le tomó sólo un día resolverlo. Eso ya mostraba algunas cualidades que terminarían siendo sus características: iniciativa, determinación, tenacidad, firmeza. En otras palabras: decisión política. Con la cual, se puede mover montañas. 

Luego, el presidente de la nefasta Suprema Corte menemista, Julio Nazareno, quiso extorsionarlo. Hizo declaraciones públicas amenazando con sacar un fallo sobre el famoso «corralito» que hubiese hecho temblar a todo el sistema financiero. El flaco no dudó un segundo. Habló por cadena nacional y le pidió al congreso que actuará conforme manda la Constitución: Juicio Político a los jueces corruptos. Lilita Carrió fue una de las voces cantantes de aquellos jurys. Y uno de los principales motivos por los que se los destituyó fue por su actuación en la causa «Macri», por la cual el ex presidente debió haber estado preso por contrabando a los 30 años, de no haber sido por esa Corte de la «mayoría automática» Menemista. 

Unos días más tarde, el Flaco dio un discurso  frente a toda la plana del ejército y, mirándolos a los ojos, les dijo: «No les tengo miedo». Minutos después, le ordenó al General Bendini que descolgara los cuadros de Videla y Bignone del Colegio Militar. Era mucho más que un gesto, era una declaración de principios: «Vengo a terminar con la oscura etapa del terrorismo de Estado y a consolidar para siempre el sistema de vida democrático». Al poco tiempo, mandó un proyecto para derogar las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Fue gracias a eso y no a otra cosa que este Pueblo pudo, finalmente, mandar a sus genocidas a la cárcel. 

Después llegó la cumbre de Mar del Plata. Vinieron todos. Entre ellos, el dueño del mundo. George Bush acababa de romper el orden de paz universal adoptado desde la segunda guerra mundial, interviniendo un país sin el aval del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. «Jorgito», que no dormía en un hotel de Mar del Plata sino en un portaaviones militar, había llegado a esa cumbre con una sola misión: implantar el ALCA, el tratado de libre comercio americano que buscaba inundar nuestros países con productos estadounidenses, lo cual traería una inevitable consecuencia: la destrucción de las industrias locales. Fue a ese tipo que venía llevándose literalmente el mundo por delante a quien el Flaco junto a Lula y a Chávez, le pusieron el freno que en otras latitudes no le habían podido poner, y mandaron, en su cara, el ALCA al carajo. 

Más tarde vino la reestructuración de la deuda externa. Heredada e impagable (cualquier similitud con la actualidad, no es mera coincidencia). El Flaco dijo que los muertos no podían pagar sus deudas. Y bajo esa consigna, negoció tiempo con el FMI y se plantó con los acreedores privados. Les ofreció pagar solo el %25 de lo debido. El %70 aceptó. Luego, se reabrió la negociación y se llegó casi al %93 de aceptación. Eso le permitió al país salir del estancamiento y volver a crecer. Tan buenos fueron los resultados que, apenas dos años más tarde, en un pago, se canceló la totalidad de la deuda con el Fondo Monetario. 

(Diez años después vino Macri. Al %7 que no habían entrado en el canje y que habían conseguido una sentencia de un Juez Municipal de Nueva York, le pagó todo lo que querían y más también. Volvimos al esquema de endeudamiento interminable. Se tomó deuda para pagar deuda. El país volvió a quedar atado de pies y manos y nada de lo que se pidió se usó para volcarlo en la economía real, sino en fuga de divisas. Es literal: se fugaron un FMI). 

Pero volvamos al 2005: a esa altura, el Flaco, para mí, ya no era un interrogante. Era una confirmación. Y la política, de pronto, ya no era mala palabra. Era tema de interés. Tiempo más tarde empecé a militar. Tímidamente. Hasta que el 27 de octubre de 2010 cambió mi vida para siempre. Su muerte desencadenó en mí una pasión que se extiende hasta el día de hoy. Y que, posiblemente, se extienda para siempre. 

Por todo eso y por mucho más: Feliz cumple, Nestor.

Carlos Pérez Cavalli

Concejal – Frente de Todos