Cambiemos entre mitos y símbolos

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La campaña bonaerense fue intensa y de mucha proximidad, pero se hablo poco y nada, se evitó definiciones con prepuestas concretas y se concentro en comunicar una síntesis inteligente de palabras claves como: obras, gestión, equipo, lucha contra el narcotráfico, Vidal, Vidal y mas Vidal. Los ingenieros de esta estrategia realizaron una interpretación acertada de los deseos de las mayorías, orientado todo hacia un montaje de expectativas  sensibles y muy bien recibidas por los votantes, tal así, que la confianza en «un futuro mejor » definitivamente le gano la pulseada al histórico voto bolsillo. A pesar de 12 meses de recesión económica, actualización de tarifas y un «segundo semestre» que llego un año más tarde de lo anunciado, el oficialismo no solo triunfó sino que logró perforar electoralmente en los sectores sociales más bajos. Ejemplificando en La Matanza, Cambiemos creció en más de 50 mil votos comparando las elecciones de 2015  y 2017.

El sello Cambiemos logró consolidarse en todo el territorio nacional ganando en 13 provincias, entre ellas, los 5 principales distritos que representan el 66% de la población. Como toda elección se podría seguir analizando en términos de votos, porcentajes o como una simple distribución de bancas, pero en esta oportunidad, lo numérico va quedando opacado ante el cambio cualitativo que se produjo en el sistema político.

Dada la magnitud de Buenos Aires, el análisis siempre será complejo, pero los números provinciales hablan por sí solos y son letales en relación a los mitos que sus estadísticas son capaces de construir. Dentro de la mitología bonaerense ya es conocido que ningún gobernador pudo catapultarse y llegar a ser presidente electo. La gobernadora puede que sea creyente o esté bien informada del tema, la cuestión es que siendo la actora con mejor imagen de la política Argentina y con casi un 70 % de popularidad,  negó en reiteradas oportunidades todo tipo de aspiración presidencial.

Si pasamos al caso de las disputas legislativas vemos como sus estadísticas también generan mitos referenciales. El cuadro ilustra las consecuencias que enfrentan los gobiernos nacionales luego de elecciones intermedias.

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En primer lugar el historial dice algo contundente a las oposiciones: «el que gana se condena». La muestra permite afirmar que un opositor luego de ganar una legislativa, como el caso de Duhalde (2001), De Narvaez (2009), Massa (2013) nunca más pueden volver al triunfo en las urnas. Esta evidencia nos permite decir que la provincia no es un buen trampolín presidenciable.

En segundo lugar se puede ver como los oficialismos repiten resultado en las elecciones ejecutivas siguientes. De 7 muestras 6 lo confirman. Este dato no solo abre la puerta a la reelección de Macri o la continuidad de Cambiemos, sino que lleva implícito el mito político más longevo de nuestra democrática. Se pone en jaque la creencia de que «solo el peronismo puede gobernar el país», dicho de otro modo, que ningún gobierno no peronista pueda terminar su mandato en condiciones normales.

Entre los mitos y resultados llegamos al primer corolario.

Para Cambiemos tener enfrente el candidato del pasado, facilitó  la estrategia de instalar fuertes expectativas de un futuro mejor y contribuyó a que la decisión del votante se concentre más en la comparación con lo anterior que en la valoración de lo realizado.
Esta interpretación no termina ahí, agrega una carga condicional, ya que la materialización de dichas expectativas se pondrá a prueba en 2019, momento donde el gobierno enfrentara su crucial evaluación.

Para una mejor interpretación de la reacción del oficialismo triunfante es menester intentar entender al derrotado o mejor dicho al desorden peronista causado. Revisando la alternancia de nuestra democracia se puede describir el comportamiento estructural del peronismo en relación al poder de la siguiente manera: Cuando el «PJ» controla el poder ejecutivo adopta una forma centralizada y de extremo personalismo, las jerarquías formales del partido se desdibujan y es aquí cuando se dice que; «El gobierno asume el partido». Por el contrario cuando no gobierna, (1983, 1999) sus lazos horizontales se vuelven débiles e inestables y la organización se fragmenta y descentraliza. La situación actual no solo coincide con este ultimo estadio si no que durante la conducción del  Kirchnerismo el movimiento acumula un record de tres derrotas consecutivas (2013-2015-2017), dejando a la vista una crisis de estructura, con un  PJ que desarticulo su aparato nacional y una crisis de anti liderazgo, con Cristina dividiendo y condicionando el futuro del partido. A esto se le agrega que las figuras emergente con posibilidad de encabezar una renovación partidaria como Juan Schiaretti, Sergio Massa o Juan Urtubey fueron derrotados en sus distritos.

En síntesis la argentina peronista, encuentra un movimiento fragmentado, sin conducción, con menos capacidad de negociación en el congreso y con pérdidas en su volumen electoral. Frente a esto, el gobierno entendió que el lapso entre su triunfo y el 31 de diciembre, cuando concluyen las sesiones extraordinarias del Congreso, sería el de mayor productividad de su mandato. Un momento ideal para aprovecharse del desconcierto peronista, avanzando en negociaciones y aprobando las principales reformas de su administración. El segundo corolario seria:

La re-configuración nacional de poder peronista se encuentra ante la disyuntiva de un peronismo con Cristina o un peronismo sin conurbano bonaerense. Resolver esto, implica tiempo político y constituye la principal «ventaja política» para un oficialismo reformista.
Este razonamiento queda expuesto en el Congreso, donde en el eje de la vida parlamentaria está pasando por el acuerdo entre los 110 diputados de Cambiemos y los 30 del PJ interprovincial y entre los senadores oficialistas  y el grupo de Pichetto. Estos peronistas posiblemente necesiten convalidar sus coincidencias con el Poder Ejecutivo frente a un kirchnerismo que los denunciará por traidores.

Para agregar, en los últimos días se escucho decir de un ex jefe Kirchnerista; «Sin el Peronismo no se puede». Comentario que a mi entender, representa un llamado de atención acertado. Donde el camino a seguir es con el partido y desde el partido, ordenarse y reinventarse electoralmente. Puede que suene básico pero el sistema de partidos necesita de partidos. El ejemplo de los radicales muestra que luego del bipartidismo y la crisis del 2001 logró como partido y desde la UCR, redefinir su estrategia electoral y reinventarse bajo un nuevo formato de coalición electoral. Si el PJ reacciona en este sentido y logra reagrupar al movimiento, estaríamos en condiciones de afirmar que el sistema bipartidista evoluciona hacia uno bicoalicionista.

Por último amerita analizar el histórico llamado a «Consensos Básicos». Un hecho que representa un conjunto de acuerdos en políticas de estado sin precedentes, sin mayorías y sin prejuicios ideológicos. Dicho en palabras del presidente: «Reformarse es crecer, y Argentina entró en una etapa de reformismo permanente y no hay que tener miedo a las reformas»

El discurso del presidente,  fue sin duda el de mayor contenido político de todo su gobierno. Programático,  esquematizado y muy bien comunicado. Todo lo que no se dijo en campaña se lanzo de forma magistral en una síntesis de tres ideas centrales, reforma tributaria, reforma laboral y reforma del estado. Una contundente demostración de confianza y apertura, donde nada puede imponerse, ya que Cambiemos continúa siendo minoría en el congreso. Sin entrar en un análisis particular de las iniciativas, la dinámica reformista es la confirmación del gradualismo como práctica política, sin cambios radicales pero con modificaciones sensibles, demostrando que se trata de una convicción que no está relacionada con el número de legisladores sino con la certeza que el rumbo solo es posible a través de la construcción de consensos.

La reforma en sí, propone el desafío de alcanzar la «normalidad», es decir, ir cambiando de a poco en dirección a la idea de país normal. Más allá de esto, la atención en este análisis esta puesta en lo que simboliza la reforma por sobre la profundidad de la misma. Cambiemos logra comunicar  y mostrar sus obras mediante símbolos, carentes de prejuicios ideológicos y sin la autoría de líderes mesianicos. La capacidad de producción simbólica logra desplazar a los «ismos»  a un segundo plano. Es aquí donde los próceres son remplazados por animales en los billetes, la campaña puerta a puerta ahora tiene nuevo nombre y se viriliza en las redes como timbreo y las estaciones de metrobus llevan nombres de artistas y están pintadas de amarillo. Los ejemplos sobran y dan lugar al tercer corolario redactado al estilo Bill Clinton:

«No es la economía, no es la ideología, es la simbología estúpido»
Juani Dominguez

JUVENTUD RADICAL DE SALADILLO