¿Quién fue el idiota que nos contaminó con tanta soberbia?

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Pero lo maravilloso de los alemanes fue ver ese baño de humildad que en nuestro asqueroso exitismo es un pecado. Estos múltiples campeones recibieron con alegría y orgullo la medalla de bronce. La miraron, la tocaron, se codearon y se abrazaron. Es que hay que dejar la vida para ganarla.

Y no es una frase hecha.

Porque detrás de una medalla hay una historia de sacrificio. Y no solo del protagonista.
Porque detrás de ese sueño hay una familia que acompaña. Hay padres que lo dejan todo para alimentar esa ilusión. Que se privan de vacaciones, de cambiar el auto, de comprarse ropa y hasta de comer un churrasco para que al pibe no le falte nada. También hay hermanos que se bancan ser «actores de reparto» y le ponen mucho huevo para acompañar un sueño que tal vez quede trunco en el momento menos esperado.

Y lo digo con conocimiento de causa. Lo hacen de manera desinteresada, solo por ese amor genuino.

Tal vez por eso los alemanes no se quitaron la medalla. Por respeto a su propio sacrificio, a los millones de deportistas que se matan y no llegan a cumplir su sueño, y por sobre todas las cosas a millones de padres que entregarían su propia vida por la medalla de un hijo.

Si eso no merece respeto, no entendemos de qué se trata.

Que ningún deportista argentino desprecie una medalla (hockey, tenis, basquet, judo, NI EN FUTBOL), estaría ofendiendo el esfuerzo de sus padres.

Autor: Franco Robledo – Periodista Roqueperense